Hola Caro,

¿Dónde quedan guardadas las cosas que no encontramos?

Hoy mi mamá me preguntó eso. Se acaba de comprar un teléfono nuevo y todavía no lo maneja del todo, hay cosas que ella sabe que están en alguna parte pero no logra localizarlas. Anoté —otra vez ese gran ano que se mete en mis textos— la frase en mi cuaderno porque me quedó resonando en la cabeza, orbitándome como un satélite. ¿Dónde queda lo que no escribimos? Ayer un escritor que admiro dijo que cuando no escribe se vuelve tóxico. Esa idea de que lo que no sacamos nos termina aplastando, nos sofoca, nos enferma. El pozo de agua que rebalsa, el estanque que se pudre. El exceso de inspiración también puede ser perjudicial para la salud. Nutrirse es bueno, pero en algún punto hay que pasar a la acción, dejar salir todo eso que se fue asentando en nosotros sin que nos diéramos cuenta. Una vez un lector me escribió contándome que tenía muchas ganas de escribir pero que no podía y que se sentía como un bombero con la manguera a punto de estallar. Dejando el doble sentido de lado, a veces me siento así también, con muchas ganas de escribir, con una voz que me va narrando la vida en la cabeza, me tira ideas, hace comparaciones muy precisas y bien pensadas, un locutor profesional de AM que no para de transmitir mientras estoy en la calle, en una reunión o en un evento, pero que se apaga de golpe cuando me siento frente a la computadora dispuesta a bajar todo eso al papel.

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