29/12/17
Biarritz, Francia.

Caro:

Qué año tremendo fue el 2017. Y digo “fue” porque en mi cabeza ya lo despedí. Ahora estoy esperando ansiosa que se vaya y no vuelva nunca más. Una amiga me dijo que, según la astrología, este fue un año de depuración. Muchas muertes, peleas, separaciones, finales abruptos. Para mí fue un año de resolver conflictos no resueltos, o al menos de intentarlo, y un año de limpieza, también. Pero un año que no quisiera repetir. Si bien me pasaron muchas cosas buenas a nivel profesional, emocionalmente fue todo muy complicado. Tal vez lo mejor que me dejó este año fue que me reconectó con mi interés por la astronomía y lo cósmico. Creo que en un intento de poner mis problemas en perspectiva, de recordar que no somos tan importantes, volví a mirar hacia afuera, a entender que somos un paréntesis en el universo, y cambié mi foco de lo micro a lo macro. Volví a los libros de astronomía, a mirar fotos del espacio y películas que ocurren en galaxias lejanas. Es la única manera que encuentro de decirme “todo va a estar bien” (o “todo se va a terminar en algún momento, así que mejor no preocuparme tanto”).

Me gustó mucho tu última carta. Yo también me morí varias veces. Cuando empecé a viajar, murió la Aniko que podría haber sido otra cosa en Buenos Aires. Cuando me fui de Indonesia, murió la Aniko que quizá se hubiese convertido al Islam (¿te imaginás?). Cuando me fui de Barcelona, murió la Aniko que hoy sería si me hubiese quedado allá. Cuando elegí quedarme quieta, murió la viajera (por un ratito, nomás, digamos que quedó en coma). Y cuando murió la viajera, murieron libros que no llegué a escribir e historias que no llegué a vivir. Pero entendí que estas micromuertes también son renacimientos, y hay que verlas así. Matamos algo adentro nuestro para permitir que nazca otra cosa. Matamos algo que nos impide evolucionar, que se obstina en quedarse, bloquea el paso e impide el curso natural de las cosas. “Cuando elegimos una pareja, elegimos una historia”, le escuché decir hace unos días a una terapeuta belga en un video de youtube. Creo que lo mismo pasa cuando elegimos un país en el que vivir, o una amistad. Con cada elección cerramos un camino e iniciamos otro. Y este año, para mí, fue querer avanzar por caminos que creí correctos y que terminaron en abismos. Y oh sorpresa.

Antes para mí la muerte era un recordatorio que me llegaba como archivo adjunto en una cadena de mail, era un Powerpoint con música y frases en Comic Sans que decían: “Vive cada día como si fuese el último, porque un día lo será”. Le estarán hablando a otra, porque yo no me voy a morir nunca, pensaba a mis 12, 15, 17. La muerte para mí era ese tema del que no se hablaba, era un funeral al que no me dejaban ir porque era muy chica, un teléfono que ya nadie atendería, un cumpleaños que nunca volveríamos a festejar y, sobre todo, una abuela que una mañana dejó de existir, muchos años antes de que yo naciera. La muerte era la ausencia total —alguien que se fue sin decir adónde—, un silencio absoluto, una negación. Después empezaron las muertes de personas muy cercanas y no supe cómo procesarlas. Este año entendí que los duelos no resueltos vuelven multiplicados —quiero escribir tanto acerca de eso, pero no me termino de animar, otra vez el pánico a la publicación—.

Hace unos días me puse a releer el cuaderno que escribí en Costa Rica, cuando estuvimos allá en abril de este año. Desde que mi amigo Lau se murió, hace ya un mes y medio, trato de buscar respuestas y señales donde sea. Como te conté, viajamos a Costa Rica porque de ahí salía el Transatlántico que nos llevaría a Portugal, pero fuimos un mes antes para verlo a mi amigo, que estaba viviendo ahí hacía 4 años. Fue tan lindo pasar esas semanas con él y rememorar historias de cuando teníamos 18 años, me di cuenta de que me hacía tanta falta su presencia en mi vida. El día que nos despedimos —él se iba a Europa y nosotros a la otra costa del país para tomar el barco— escribí esto en una de mis 4 escenas diarias: “Mañana Lau se va a Europa y estamos un poco tristes. (Pienso que quizá la muerte es como irse de viaje, tengo que pensar que los que se murieron en realidad se fueron de viaje y están sin conexión)”. No sé por qué escribí acerca de la muerte ese día, tal vez porque sentí su partida como un pequeño duelo —cada despedida es un duelo, ¿no creés?—. Ahora me cuesta darme cuenta de que ya no está, de que nunca más lo voy a ver ni en Argentina ni en Costa Rica ni en ningún lado, al menos en su forma física. ¿Sabés qué fue una de las primeras cosas que pensé cuando murió? Si alguien me va a contar qué pasa después de la muerte, va a ser él. Y quise irme corriendo a Hungría para ver a la medium con la que hablé hace tres años, para pedirle que me enseñe a hacer eso que hace ella. [Escribí esto ayer y me fui a dormir. Soñé que Lau estaba vivo, me contaba sus planes y me decía que quería que yo lo ayudara a morir. ¿Es posible ayudar a morir a alguien que ya se fue? Esta mañana me llamó mi mamá para decirme que habló con la medium húngara —con quien no hablaba hacía meses— y que quiere que vayamos a pasar su cumpleaños —28 de julio, un día antes del mío— a Hungría para pasarme sus poderes si es que quiero. ¿Lo tomo como una señal del universo? ¿Por qué estoy tan negada a seguir el camino que me está llamando hace tiempo?]

Hace unos días una lectora me preguntó si conocía algún journal para atravesar un duelo. Y pensé que debería haber uno. Es tan importante. Hay cosas tan importantes de las que no se habla (y se hablan tantas boludeces). Como me dijiste en Medellín: “Hay gente de nuestra edad que jamás tuvo contacto con la muerte y ni siquiera piensa en el tema”. Creo que hay una negación muy grande. Al final, la muerte es la única certeza que tenemos en la vida, pero se la muestra como una tragedia, como el peor desenlace —y es el único, en realidad—, y no como un paso a otro estado, como un viaje a lo desconocido, como una transformación. ¿Por qué no se habla más de la muerte? ¿Por qué tenemos que hacer duelos en silencio? Al menos en ciertas culturas. Mis amigas mexicanas me contaron que durante el Día de los Muertos se recuerda a las personas que murieron haciendo cosas que a ellos les gustaba. A mí me gustaría que me recuerden haciendo journaling, por ejemplo. Y ahora no paro de pensar en un journal para duelos… Escribir para recordar a alguien que ya no está. Escribir para mantener vivo a otro. Escribir para atravesar un momento difícil, pero con la ayuda de otro que ya lo pasó.

Hace más de cuatro años que estoy haciendo duelos encadenados. Algo vinimos a evolucionar, me dijiste cuando te conté. Y pienso que sí, que algo que necesito aprender en esta vida tiene mucho que ver con morir y con aceptar la muerte de los que amo. Me propuse hacer el duelo por mi amigo al cien por ciento, no reprimirlo ni negarlo. Cuando me dan ganas de llorar, lloro. Cuando necesito hablarle, le hablo. Cuando lo extraño, se lo hago saber. Cuando me acuerdo de algo gracioso, me río. Lo pienso todos los días. A veces siento que lo voy a volver a ver. ¿Te pasa con tus hermanos? Siento que en un tiempo nos volveremos a encontrar, pero no lo pienso desde una postura religiosa, es solo una intuición, una certeza “cósmica” (¿existe eso?), o un deseo tal vez. Desde que se murió me cayeron muchas fichas. Entendí que estoy perdiendo mucho tiempo y energía en cosas que no valen la pena. Aprendí a soltar. Trato de no enojarme por trivialidades, aunque a veces me cuesta. Pero, sobre todo, pienso en mi por qué. Por qué estoy acá. Qué vine a hacer. Hace unos días hablé con la medium colombiana (la que te conté) y al parecer mi amigo me preguntó, a través de ella, si recuerdo cuál es mi misión en la vida. Todo está tan conectado y es tan evidente, y sin embargo tengo tanto miedo de ir por este camino. A la gente le gusta más leer de viajes, pienso. Pero ya no puedo escribir de viajes. No me sale. Y no sé qué hacer. Me empiezo a preguntar de qué voy a vivir. Espero que el 2018 me/nos traiga certezas y la energía para hacer lo que de verdad sentimos que tenemos que hacer con nuestro tiempo.

Te dejo esta foto de la Tierra vista a 6000 millones de km de distancia y este texto del libro “Pale blue dot” de Carl Sagan (mi nuevo ídolo) como regalo de año nuevo:

¿Ves ese pixel que aparece como en mitad de la raya amarilla? Bueno, eso.

“Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. Ahí ha vivido todo aquel de quien hayas oído hablar alguna vez, todos los seres humanos que han existido. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cada cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada niño esperanzado, cada madre y cada padre, cada inventor y explorador, cada maestro moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y cada pecador en la historia de nuestra especie vivió ahí: en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol. La Tierra es un muy pequeño escenario en una vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de un lugar del punto sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra parte del punto. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. Nuestros posicionamientos, nuestra supuesta importancia, el espejismo de que ocupamos una posición privilegiada en el universo … Todo eso lo pone en cuestión ese punto de luz pálida. Nuestro planeta es un solitario grano de polvo en la gran penumbra cósmica que todo lo envuelve. En nuestra oscuridad —en toda esa inmensidad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. Dependemos sólo de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, en este momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad, y yo añadiría que también forja el carácter. En mi opinión, no hay mejor demostración de la locura que es la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, recalca la responsabilidad que tenemos de tratarnos los unos a los otros con más amabilidad y compasión, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que jamás hemos conocido”.

Gracias por formar parte del lado luminoso de mi 2017.

Te espero en Biarritz,

Ani

 

{Este post pertenece a la serie “Cartas desde el otro lado del mundo”, un intercambio epistolar que hago con Caro Chavate. Podés leer su respuesta a esta carta en su blog.}