Llegó a mi vida en avión. Cuando aterrizó en mi cuna teníamos casi el mismo tamaño: yo tenía un año y él tres. Era blanco y de ojos marrones, y su única ropa era una cintita de terciopelo roja y azul atada al cuello. Mi mamá lo había comprado en Schwarz, la mejor juguetería de Nueva York, como recompensa por haberse ido tres semanas de viaje cuando recién empezábamos a conocernos. Quedé a cargo de una niñera alemana, de la que recuerdo sus vestidos de flores y una medalla redonda que le colgaba del cuello, mientras mi mamá estaba de gira con artistas y gente famosa como Monzón y Marta Minujín. En aquella época yo no entendía lo que era viajar ni tampoco entendía que mi mamá pudiese tener una vida que no me incluyera, mucho menos en otro país, pero con esa ausencia temprana ella me enseñó a soportar las separaciones por viajes. Sospecho que veinte años después se dio cuenta y se arrepintió.

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