Lo encontré una tarde en Liverpool, en el gift shop de TATE Gallery. Además de ser fan de las papelerías y las librerías, otro lugar al que no puedo evitar entrar es a las tiendas de los museos. Tienen lo mejor de ambos mundos: cuadernos con tapas de cuadros, libros de arte y un montón de chucherías lindas y temáticas que no se ven en las papelerías normales.

El libro me llamó la atención enseguida. Se llamaba 642 things to write about y era grandote, gordo y pesado: nada cómodo para alguien que quiere viajar liviana. Llevármelo sería casi como andar con una guía telefónica en la mochila por placer. Cuando lo abrí no entendí cómo había vivido tanto tiempo sin él. No era un libro sino un conjunto de prompts —disparadores o consignas— para escribir y un montón de espacio en blanco. Era un libro-cuaderno.

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