Escribí este texto para el taller de narrativa y ficción de Pedro Mairal en el 2013. Fue el primer texto que nos encargó y la consigna era: escriban acerca de su superhéroe de la infancia. Tuvimos que leerlo en voz alta en la reunión siguiente y yo casi me muero porque nunca había leído un texto de este estilo en voz alta frente a desconocidos —que terminaron siendo mis amigos, pero recién nos conocíamos—. Acá va mi texto, no le cambié ni una coma, aunque estoy tentada de hacerle varias correcciones.

I.

Ella tuvo la culpa de que a los seis años yo me subiera al respaldo del sillón, imaginara que la alfombra era el mar, saltara de cabeza al piso y me quebrara la clavícula izquierda. Tuve que estar como un mes con el yeso-remerita, ese que no me dejaba mover los hombros por separado, ese que me obligaba a rascarme la espalda con una regla, ese que me hacía parecer una versión pelirroja y chiquita de Robotina, ese que intentaba esconder debajo de una remera blanca para que mis compañeritos no se dieran cuenta. Pero era obvio que me había pasado algo raro: era una nena de seis años y mi espalda parecía la de un rugbier de treinta y cinco.

Todavía me acuerdo de aquel salto. Estaba en el living de la casa de mi mamá y ella estaba charlando con su prima Marisa. De vez en cuando hacían de cuenta que me miraban pero yo sabía que estaban distraídas porque hablaban como gallinas, así que aproveché la situación para hacer algo que mi mamá no me hubiese dejado. Me subí a uno de los sillones, el más alejado a ellas, y trepé al respaldo. Llegué a la cima, miré hacia adelante y me vi a mí misma en el espejo de enfrente, que cubría toda una pared. Estaba descalza y me aferraba al cuero del sillón con los dedos de los pies. Doblé un poco las rodillas, me puse en pose surfer y miré hacia abajo. Allá, a lo lejos, la alfombra ondulaba como si fuese el mar. Era un mar infinito, ocupaba todo el piso de mi casa. Ahí me esperaban mis amigos peces y cangrejos para bailar y cantar canciones, yo solamente tenía que hacer el salto que había aprendido en natación y traspasar esa barrera de tela azul. Era obvio que la alfombra perdería su consistencia alfombrosa cuando yo la atravesara con mis manos. Sería como cuando Alicia tocaba el espejo y el cristal se convertía en burbuja y le permitía pasar al otro lado.

Miré a mi mamá y a Marisa: seguían charlando entretenidas. Subí los brazos, los estiré sobre la cabeza, entrelacé los dedos y me preparé para zambullirme. Tomé aire y salté. Mis manos tocaron la alfombra pero no la traspasaron, los brazos se me doblaron por el choque, caí sobre uno de mis hombros y me quedé unos segundos en silencio, tirada sobre la alfombra. Mi mamá y Marisa vinieron corriendo y ahí me largué a llorar. Lo que me dolía no era la clavícula —ni sabía que ese hueso existía y recién me enteré de que me lo había quebrado cuando me vio uno de los médicos de la guardia—, lo que me dolía era la traición. Tenía seis años y me sentía una tarada. ¿Por qué ella podía vivir debajo del mar y yo no? Ese día entendí que todas las películas de Disney eran una farsa.

II.

Siempre me sentí mejor en el agua que en la tierra, tal vez porque hago natación desde muy chica. Nunca fui buena en ningún deporte, pero a los doce años decidí empezar a entrenar y ahí, en pleno natatorio porteño, me gustó un chico por primera vez. Tenía uno o dos años más que yo y usaba slip. Se llamaba Ariel. Obviamente mis amigas lo apodaron la Sirenita y no me dejaron de joder durante años.

Jamás me dio bola.

III.

Empecé a inventar historias cuando empecé a viajar. Como en los países asiáticos y africanos todos veían a Argentina como un lugar muy exótico y lejano, me aproveché. Empecé a decir que en Argentina el cielo era verde, el pasto era azul y los árboles crecían de arriba para abajo. Pero mi historia de cabecera fue la que le conté a un marroquí muy denso. Se nos había acercado con el discurso de siempre: “¡Hola amigos! ¡Bienvenidos a Marruecos! ¿Españoles? ¡Ohh, Argentinos! ¡Messi, Maradona! Tengo posada barata amigos, buen precio para ustedes, precio de hermanos. ¿No quieren? Mi madre tiene restaurante barato, mi hermana tiene ropa para Fátima —me señalaba a mí—, mi abuelita hace tours, vamos amigos, ¿qué quieren? Yo les consigo”. Harta de que nos acosara con sus ofertas, le empecé a hablar de Argentina: “¿Sabías que en Argentina hay sirenas?”. Se quedó callado. Me miró. Seguí: “Viven en los lagos del sur, son mujeres despechadas que prefirieron vivir en el agua antes que en la tierra con los hombres… Pero ojo que también hay hombres sirenos, las argentinas tenemos poderes y si nos molestan mucho los convertimos en pescados”. El tipo me miró con cara rara, no respondió y se fue.

IV.

Lo primero que se me viene a la mente cuando pienso en un superhéroe es un tipo con los calzones para afuera, y eso no me parece algo muy atractivo para una nena —aunque a los trece me gustaba un chico que usaba slip, así que tendría que reconsiderar esta afirmación—. Como me costó mucho identificar a mi superhéroe de la infancia, decidí hacer una encuesta. Así que el otro día, en el casamiento de una amiga en Mar del Plata, aproveché el momento del carnaval carioca y los bailecitos prefabricados para interrogar a mis amigos y sus parejas. Me acerqué a Tomi y le largué la pregunta de una, totalmente fuera de contexto: “Tomi, ¿quién fue tu superhéroe de la infancia?”. Y así uno por uno. Me asombró la rapidez y seguridad con la que me respondieron algunos, como si su superhéroe siguiese vigente en su vida, como si se disfrazaran cada noche en la intimidad. Me respondieron cosas como “Súper Ratón”, “Los Gemelos Fantásticos”, “Shira”, “Ásterix, Iron Man y He-Man” (los tres juntos), “Pocahontas”, “El Che Guevara”, “San Martín”, “Mi abuelo” y “Súper Andrusito”. Lo mejor era verlos hacer los pasitos de Luis Miguel con bonetes en la cabeza y bigotes falsos mientras me respondían con total normalidad. Eso es lo bueno de los casamientos: están todos tan en pedo que ni se dan cuenta de lo ridículos que quedan. Pero cuanto más rápido y con mayor convencimiento me respondían, más pensaba en que yo definitivamente no tuve superhéroes en la infancia. Lo más probable es que ni haya tenido infancia. Me gustaban los dibujitos animados pero no era fan de ningún hombre o mujer con superpoderes.

Creo que hice el click cuando le hice la pregunta al uruguayo. Esperaba alguna respuesta al estilo “Super Matero”, pero cuando me dijo que su ídolo era Aquaman sonreí. Claro, el agua. Yo amo el agua y la razón de eso debe estar explicada en mi infancia. Ahí me cerró todo: mi superheroína era la Sirenita. Ella vivía en el mar, podía nadar todo lo que quisiera, se peinaba con un tenedor y cantaba re bien. Me acordé del episodio del salto del sillón. Me acordé de que me gustaba un chico que se llamaba Ariel. Me acordé de la foto que tiene mi mamá en su biblioteca en la que aparezco disfrazada de Sirenita. Me acordé de que varios de mis ex novios me apodaron la sirenita cuando me vieron nadar por primera vez. Sí, definitivamente había sido ella. La Sirenita es la única capaz de explicar todos los traumas, errores y obsesiones de mi infancia, adolescencia y adultez. ¿Y para qué otra cosa sirve un superhéroe, si no?

Ahora les toca a ustedes: escriban acerca de su superhéroe de la infancia (o al menos cuéntenme cuál era).