Categoría:Exploraciones

Carta #4: somos un paréntesis

29/12/17
Biarritz, Francia.

Caro:

Qué año tremendo fue el 2017. Y digo “fue” porque en mi cabeza ya lo despedí. Ahora estoy esperando ansiosa que se vaya y no vuelva nunca más. Una amiga me dijo que, según la astrología, este fue un año de depuración. Muchas muertes, peleas, separaciones, finales abruptos. Para mí fue un año de resolver conflictos no resueltos, o al menos de intentarlo, y un año de limpieza, también. Pero un año que no quisiera repetir. Si bien me pasaron muchas cosas buenas a nivel profesional, emocionalmente fue todo muy complicado. Tal vez lo mejor que me dejó este año fue que me reconectó con mi interés por la astronomía y lo cósmico. Creo que en un intento de poner mis problemas en perspectiva, de recordar que no somos tan importantes, volví a mirar hacia afuera, a entender que somos un paréntesis en el universo, y cambié mi foco de lo micro a lo macro. Volví a los libros de astronomía, a mirar fotos del espacio y películas que ocurren en galaxias lejanas. Es la única manera que encuentro de decirme “todo va a estar bien” (o “todo se va a terminar en algún momento, así que mejor no preocuparme tanto”).

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Carta #3: ni los médicos japoneses encontraban una explicación

Hola Caro,

¿Dónde quedan guardadas las cosas que no encontramos?

Hoy mi mamá me preguntó eso. Se acaba de comprar un teléfono nuevo y todavía no lo maneja del todo, hay cosas que ella sabe que están en alguna parte pero no logra localizarlas. Anoté —otra vez ese gran ano que se mete en mis textos— la frase en mi cuaderno porque me quedó resonando en la cabeza, orbitándome como un satélite. ¿Dónde queda lo que no escribimos? Ayer un escritor que admiro dijo que cuando no escribe se vuelve tóxico. Esa idea de que lo que no sacamos nos termina aplastando, nos sofoca, nos enferma. El pozo de agua que rebalsa, el estanque que se pudre. El exceso de inspiración también puede ser perjudicial para la salud. Nutrirse es bueno, pero en algún punto hay que pasar a la acción, dejar salir todo eso que se fue asentando en nosotros sin que nos diéramos cuenta. Una vez un lector me escribió contándome que tenía muchas ganas de escribir pero que no podía y que se sentía como un bombero con la manguera a punto de estallar. Dejando el doble sentido de lado, a veces me siento así también, con muchas ganas de escribir, con una voz que me va narrando la vida en la cabeza, me tira ideas, hace comparaciones muy precisas y bien pensadas, un locutor profesional de AM que no para de transmitir mientras estoy en la calle, en una reunión o en un evento, pero que se apaga de golpe cuando me siento frente a la computadora dispuesta a bajar todo eso al papel.

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Carta #2: tomar decisiones nunca fue lo mío

21 de junio de 2017
Biarritz, Francia.

Caro:

No sé por qué me está costando tanto escribir esta carta, si encima el tema de tomar decisiones lo propuse yo. Empecé a escribirte hace más de un mes en Puerto Viejo, Costa Rica, frente a un ventanal que daba a las calles de tierra del pueblo, mientras esperaba a que mis papás llegaran de visita después de nueve meses sin vernos. Cada cinco minutos me levantaba a mirar por la ventana, aunque sabía que faltaban varias horas para que la combi que los traía llegara. Creo que empecé a escribirte ese día porque inconscientemente sabía que tenía la excusa perfecta: llegaron mis papás, no tengo tiempo de terminar, después la sigo. Pero después fue el transatlántico, dieciséis días sin conexión a internet, dieciséis días ideales para escribir cartas mirando el mar, y tampoco pude. Ese barco me revivió algunas crisis que había estado tapando y la angustia no me dejo escribir casi nada.

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Carta #1: la gente cree que soy valiente

13 de marzo de 2017
Obernai, Francia.

Querida Caro,

Me daba miedo empezar a escribir esta carta y la dejé para último momento. Mi cabeza siempre me dice que hay algo más importante o urgente para hacer que sentarme a escribir. Últimamente ya no escribo. O sí, escribo: mando mails, publico posts, hago listas de pendientes, chateo por whatsapp, apunto* cosas sueltas en mi cuaderno, pero no escribo. (*Había escrito “anoto cosas sueltas en mi cuaderno” y lo cambié por “apunto” porque me acordé de una tarde que pasé con la familia de un amigo en Bogotá, creo que era el día del padre o de la madre, y le dije al abuelo de la familia: “anoto tal cosa” como diciendo “tomo nota de lo que me dice” y se empezó a reír y me dijo que eso era un ano muy grande. Desde ese día me da un poco miedo decir anoto en otros países).

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Oda al mazapán

I. La creación

El mazapán es huérfano,
nadie reclama su paternidad.
Dicen que es hijo del polvo de una almendra que en medio de una orgía
decidió ponerle azúcar a las cosas.
Otros aseguran que en su ADN hay maní,
leche condensada,
semillas de calabaza,
arroz,
nueces,
“cacahuete”.
Pero el mazapán de pura raza
tiene almendras peladas y nada más.

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Ayer fui a una maratón de lapiceras

Ayer fue “La noche de las librerías” en Buenos Aires y yo caí sin saberlo. Fui porque un amigo me invitó a ver una charla de historieta argentina y recién cuando vi que la avenida Corrientes estaba cortada y que había puestos en la calle me di cuenta de que era un evento más grande. En una de las mesas, un grupo de artistas dibujaba tapas de libros a pedido, había que completar un papelito con alguna de las siguientes opciones: “Título y autor de tu libro preferido”, “Título y autor de un libro que te llegó por correo”, “Título y autor de un libro que no pudiste terminar”, “Título y autor de un libro que querés que te regalen”, “Título y autor de un libro que regalaste”, “Título y autor de un libro que no entendiste”, “Título y autor de un libro que no existe”. Después de dibujar la tapa, real o inventada, la colgaban de un hilo con un gancho de ropa y quedaba en exposición al aire libre. Y por cosas así es que me encanta Buenos Aires.

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Osito

Llegó a mi vida en avión. Cuando aterrizó en mi cuna teníamos casi el mismo tamaño: yo tenía un año y él tres. Era blanco y de ojos marrones, y su única ropa era una cintita de terciopelo roja y azul atada al cuello. Mi mamá lo había comprado en Schwarz, la mejor juguetería de Nueva York, como recompensa por haberse ido tres semanas de viaje cuando recién empezábamos a conocernos. Quedé a cargo de una niñera alemana, de la que recuerdo sus vestidos de flores y una medalla redonda que le colgaba del cuello, mientras mi mamá estaba de gira con artistas y gente famosa como Monzón y Marta Minujín. En aquella época yo no entendía lo que era viajar ni tampoco entendía que mi mamá pudiese tener una vida que no me incluyera, mucho menos en otro país, pero con esa ausencia temprana ella me enseñó a soportar las separaciones por viajes. Sospecho que veinte años después se dio cuenta y se arrepintió.

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Una lectora en Londres

Decidí volver a Londres con un objetivo concreto: pasar varias tardes en Waterstones, una de las librerías más grandes de Europa. Conocí Waterstones de casualidad, la primera vez que estuve en Londres, cuando caminaba por Picadilly y vi una vidriera que me llamó la atención. Entré sin imaginarme que me esperaban cinco pisos y un subsuelo de libros y sillones. Estaba viajando sola, así que pasé gran parte de mi estadía metida ahí adentro, con pilas de libros y horas por delante. Unos meses después, cuando vivía en Biarritz (Francia), me obsesioné con volver.

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Veo caras en las cosas

No sé cuándo fue que empecé a verlas. Un día las caras aparecieron. En Asia me perseguían los naipes, en Europa empezaron a perseguirme las caras. Eran tan obvias que no podía no verlas, a veces me daban ganas de frenar a alguien y preguntarle: “Disculpe, ¿usted no ve esa cara que nos mira? ¿no lo pone un poco nervioso que las cosas tengan ojos?”. Pero en vez de hacer eso, empecé a armar una colección de fotos.

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Instrucciones para mirar por la ventana

Primero, busque una ventana.

Si bien esto puede sonar obvio, antes de elegir la suya tiene que saber que existen varios tipos de ventanas: estáticas y en movimiento, altas y bajas, agrupadas y solitarias. De la combinación entre ventanas altas, agrupadas y en movimiento surgen los aviones; las ventanas altas y estáticas solo se encuentran en los edificios; las bajas y en movimiento suelen reunirse en los autos; y las bajas, estáticas y solitarias son quizá las más frecuentes. Elija la que elija, lo importante es que le quede cómoda y que sirva a sus intereses. No intente mirar por la ventana de un avión si usted se quedó en el aeropuerto, tampoco pretenda verle los zapatos al vecino desde un piso dieciocho.

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Yo no tuve superhéroe

Escribí este texto para el taller de narrativa y ficción de Pedro Mairal en el 2013. Fue el primer texto que nos encargó y la consigna era: escriban acerca de su superhéroe de la infancia. Tuvimos que leerlo en voz alta en la reunión siguiente y yo casi me muero porque nunca había leído un texto de este estilo en voz alta frente a desconocidos —que terminaron siendo mis amigos, pero recién nos conocíamos—. Acá va mi texto, no le cambié ni una coma, aunque estoy tentada de hacerle varias correcciones.

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Las puertas de mi vida

La consigna que salió de la bolsita de 100 ideas era: escribí acerca de (o dibujá) algunas de las puertas de tu vida.

“La puerta rompe el espacio, lo escinde, impide la ósmosis, impone los tabiques: por un lado estoy yo y mi-casa, lo privado, lo doméstico (el espacio recargado con mis propiedades: mi cama, mi moqueta, mi mesa, mi máquina de escribir, mis libros, mis números descabalados de La Nouvelle Revue Française…), por otro lado están los demás, el mundo, lo público, lo político.”

(Georges Perec en Especies de espacios)

La puerta principal de mi casa-cueva está desgastada por la sal. Es azul, tiene la pintura descascarada y los hierros oxidados. A veces, cuando el cartero no encuentra a nadie adentro, me deja las postales y los sobres enganchados en esos hierros. Otras veces se escuchan golpes: son los dueños o algún amigo. La puerta es pesada y tengo que empujarla con las dos manos —a veces con un pie— para entrar. Para cerrarla bien hace falta tirar con fuerza, hasta escuchar un click.

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Cosas que hago para escapar

La consigna de hoy, según Keri Smith: “Write a list of all the things you do to escape” (Hacé una lista de las cosas que hacés para escapar)

* Dormir. Mi escape número uno, el que uso en situaciones extremas, como cuando se murió una de mis mejores amigas y me avisaron por teléfono y grité y lloré y a los cinco minutos me quedé dormida con el deseo de despertarme cuando ya no me doliera, o de despertarme y que todo hubiese sido un mal sueño.

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Carta a mi futura yo

21 de abril de 2015

Querida Aniko de 39 años:

Antes que nada: ¡39! ¿Te acordás cuando creías que nunca ibas a crecer? ¿Qué se siente estar a un paso de los cuarenta? Creo que tengo más preguntas que cosas para contarte. ¿Tenés hijos? O, mejor dicho: ¿cuántos hijos tenés? ¿Tres como querías? ¿O quizá con uno fue suficiente? ¿O te emocionaste y ya vas por el cuarto? ¿Cómo serás como madre? ¿Cumpliste tu sueño de la casa rodante? ¿Estás educando a tus hijos mientras viajás? Me intriga mucho conocerte… ¿Cuántos libros publicaste? ¿En cuántos países estuviste? ¿Alguien se murió? ¿Cuántas veces lloraste? ¿Tenés gatos? ¿Aprendiste a no enojarte por cosas que no valen la pena?

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Me olvidé las antiparras

Puede que este texto sea algo así como la segunda parte de “Empecé natación”, de la serie La vida en Biarritz que publiqué en Viajando por ahí.

Salgo apurada. La pileta cierra a las cinco y ya son las cuatro. Tengo diez minutos de caminata, y entre que me cambio y todo eso voy a terminar entrando al agua a las cuatro y veinte. Camino rápido, pero voy con pocas ganas. Me encanta nadar, pero ir a la pileta es algo que me cuesta mucho: recién disfruto el ritual cuando estoy adentro del agua, todo lo que viene antes me parece odioso. Hace un mes que retomé natación, estoy yendo entre dos y tres veces por semana y me siento muy bien. Las ideas me fluyen mucho mejor en el agua.

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Paréntesis

Escribí este texto en el 2013, en el Taller de narrativa y ficción de Pedro Mairal, uno de los cursos de la Editorial Orsai. La consigna era escribir un texto a partir de la ilustración de uno de los alumnos del taller de REP, otro curso de Orsai. La ilustración que me tocó a mí es la que ven arriba, y su autor es Simón Urruti. Mi texto se llama Paréntesis y fue publicado primero en Que no te falle el verosímil, el blog que armamos con los chicos del taller.

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Soy otra

Desde que salió el sol en Biarritz soy otra. Fueron casi dos meses ininterrumpidos de lluvia, nubes y viento. Hace unos días me desperté con una luz rara que entraba por la ventana: ah, así era despertarse con el sol en la cara. Hace mucho que no me pasaba. Me activé enseguida, y cuando me activo se me da por limpiar. Agarré unos guantes rosas que encontré en la cocina y me puse a fregar las paredes del baño. Teníamos una colonia de hongos viviendo con nosotros y era tiempo de desalojarlos. Hasta acá llegó mi tolerancia a la humedad. Después de limpiar la cocina salí a caminar, algo que no hacía hace bastante.

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Las piedras del equilibrio

Las encontré una tarde de octubre durante una sesión de terapia de mar. Estaba en la playa, enojada conmigo y con la vida, y sentí el impulso de caminar lo más lejos posible. Avancé descalza por el borde del mar, dando pasos rápidos, y dejé que el agua me mojara los pies. Estaba fría. No soy de hablar sola, pero a veces, cuando tengo una necesidad muy fuerte de decirme algo, los pensamientos me salen en voz alta, así que durante esa caminata hablé conmigo, me conversé, me analicé y me reté. Estaba en un momento en el que no sabía si quedarme en Francia, mudarme a Barcelona o volver a Argentina, así que visualicé esos escenarios en voz alta y después de relatarme lo que pasaría en cada lugar me di cuenta de que estaba donde tenía que estar. Me faltaba disfrutar más del presente y no estar siempre a la espera de cosas.

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Todo es escribible

todo-es-escribible

Cuando te das cuenta de que todo lo que te pasa, lo que ves y lo que vivís es escribible, empezás a mirar el mundo de otra manera: todo es material para un texto.

Podés, entonces:

– recordar eso que te pasó en el colegio y que preferiste olvidar, los momentos horribles de tristeza, vergüenza, humillación, esa vez que te pusiste a llorar en el comedor porque te dolían los aparatos fijos, la vez que se corrió el rumor de que había una foto tuya en portaligas, cuando tu amiga te contó que estaba enamorada de tu ex novio y vos hiciste de cuenta que no te importaba;

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Es tinta

Cuando las húngaras me preguntaron qué era esa marca negra en el dedo, me reí. Nos estábamos despidiendo en la puerta de su casa en Sopron, un pueblo del interior de Hungría, después de tres horas de charla. Vera, la mayor, me había contado su historia de vida y yo había tomado apuntes mientras mi mamá traducía.

—No es nada, es tinta —respondí en castellano, esperando a que mi mamá les explicara.

No hizo falta. La palabra tinta se dice igual en varios idiomas. Casualidad: en indonesio y húngaro, dos idiomas que estudié y que no tienen ninguna relación, tinta se dice tinta.

Cada vez que escribo a mano se me forma una mancha de tinta en el dedo anular derecho. Debe ser porque agarro mal la birome y arrastro la mano sobre la hoja en algún ángulo raro, pero se forma siempre ahí, en el mismo lugar. Muchos me preguntan qué me pasó, si me golpée, porque piensan que es un moretón. Pero a mí esa mancha me pone contenta porque quiere decir que estoy escribiendo. Es como un trofeo que solo yo conozco y que me gano siempre, escriba mal o bien. Es el premio por aparecer en la página e intentar lo que sea.

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